Dentro del laboratorio que te convierte en víctima de maltrato, Freud, un bebé o Lenin

El Confidencial

Estoy en un gabinete diáfano, con un ventanal que da a un jardín y un espejo que refleja mi imagen a la izquierda. Al otro lado de la mesa se encuentra Sigmund Freud. Le cuento mis problemas, los que más me preocupan. Él asiente y parece que escucha. Cuando acabo, presiono un botón que me manda al otro lado de la conversación: ahora yo soy Sigmund Freud y enfrente me tengo a mí mismo, a mi representación exacta, perfectamente escaneada, expresándose con mis propias palabras, con mis mismos gestos. Atiendo y observo dentro de la piel del padre del psicoanálisis y la escena me hace sentir como un indígena amazónico por primera vez frente a un espejo.